La expresión "Fiat Lux", proveniente del latín, se traduce como "Hágase la luz". Este breve pero poderoso enunciado tiene profundas raíces históricas y simbólicas, especialmente en el contexto religioso y filosófico.
Origen Bíblico de Fiat Lux
El origen más conocido de "Fiat Lux" se encuentra en el libro del Génesis (1:3) en la Biblia. Según el relato de la creación, Dios pronunció estas palabras para traer la luz al mundo, separándola de la oscuridad primordial. Este acto divino no solo representa la creación física de la luz, sino también el inicio del orden y la vida en el universo.
Simbolismo de la Luz
La luz, en su sentido más amplio (lato sensu), posee un simbolismo muy importante. "Fiat Lux" simboliza la iluminación, el conocimiento, la verdad y la esperanza. En muchas culturas y religiones, la luz es vista como una fuerza positiva que disipa la ignorancia y el mal, guiando a la humanidad hacia la claridad y la comprensión.
En el contexto de la iluminación espiritual y el conocimiento, la luz representa la revelación y la sabiduría. Cuando se busca la verdad o se intenta resolver un problema, se dice que se está buscando "la luz" sobre el asunto.
Usos y Referencias Culturales
A lo largo de la historia, "Fiat Lux" ha sido adoptada como lema por diversas instituciones, especialmente educativas. Universidades y colegios alrededor del mundo han utilizado esta frase para simbolizar su misión de difundir el conocimiento y la verdad. El lema implica que la institución se esfuerza por ser una fuente de luz intelectual y moral para sus estudiantes y la sociedad en general.
Además de su uso en el ámbito educativo, "Fiat Lux" también aparece en la literatura, el arte y la música, a menudo como una metáfora de la creación, la inspiración y el despertar espiritual. La frase evoca una sensación de esperanza y transformación, recordando el poder de la luz para vencer la oscuridad.
El Aceite de Oliva como Fuente de Luz
En la antigüedad, el aceite de oliva tenía múltiples usos materiales y simbólicos. El aceite fue componente fundamental para la preparación de los dulces, llamados dulcia en latín, algunos muy similares a nuestros buñuelos, churros y torrijas. Para los pueblos mediterráneos, el aceite por excelencia fue el obtenido del jugo de la oliva, fruto del árbol al que da nombre.
En la vida cotidiana de los pueblos antiguos, el aceite de oliva era una fuente de luz, stricto y lato sensu. En el De re coquinaria, a lo largo de sus casi quinientas recetas, solo se menciona una vez el término adipes. Aparte de este caso raro, de las grasas de origen animal, la de cerdo (adeps suillus o adeps) fue la única que algunas veces se empleaba en la cocina, especialmente en la pastelería, como expresa el nombre que los latinos dieron a lo que hoy llamaríamos mantecados: bollos amasados con manteca de cerdo, quizá parecidos a los que en Sudamérica se llaman "pan con grasa": adipata (Marcial: 14, 223).
Plinio habla de "el vigor del aceite" (olei vim), es decir, la fuerza, la energía, y, en efecto, esta frase condensa la idea que los romanos tuvieron del aceite: lo consideraron una bebida-alimento de poder reconstituyente y energético. La cocina de Apicio nos hace saber que los aceites más apreciados fueron los provenientes de Hispania y de Dalmacia.
La Cocina Romana y el Aceite de Oliva
El aceite aparece mencionado en más de 240 recetas, usado de muy diversas maneras: para condimentar casi cualquier platillo (salado, pero también para confeccionar los dulces y los postres), para aderezar los vegetales, para hervir (Apicio: IV, 2, 3), para freír (Apicio: VII, 18, 1), para untar, antes de asar (Apicio: VII, 18, 2) aves y pescados, y para decorar la preparación antes de llevarla a la mesa.
Los potajes de legumbres "condimentarás con aceite y sal" (oleo et sale condies, Apicio: V, 3, 4.), mientras que "los frijoles verdes y el garbanzo se sirven con sal, comino, aceite, y un poco de vino mero", (faseoli uirides et circer ex sale, cumino, oleo et mero modico inferuntur, Apicio: V, 7, 1). En La cocina de Apicio la preferencia por el empleo del aceite de oliva frente a las grasas de origen animal es absoluta, pero esa extendida práctica responde a factores tanto geográficos como culturales que condicionan la elección del jugo de la oliva: el aceite se vuelve un rasgo de identidad para las culturas mediterráneas.
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