Hace dos décadas, el Festival de Cannes proyectaba El pianista por primera vez. La película, dirigida por el polaco Roman Polanski, se transformó en uno de los relatos audiovisuales más emocionantes y conmovedores sobre el holocausto, al mismo tiempo que recibía los elogios de la crítica especializada y el reconocimiento de diversos certámenes cinematográficos.
Władysław Szpilman, las memorias de un sobreviviente
Es bien sabido que la crudeza y emotividad lograda en El Pianista tiene una base sólida en la realidad. El hombre que inspiró el largometraje existió y dejó sus memorias plasmadas en El pianista del gueto de Varsovia, un libro autobiográfico donde el músico narra los eventos que lo llevaron a sobrevivir al holocausto.
Władysław Szpilman nació el 5 de diciembre de 1911 en el sur de Polonia, dentro del seno de una familia judía. Su madre le enseñó a tocar el piano, instrumento que lo acompañaría por el resto de su vida. Estudió en el Conservatorio de Varsovia y en la Academia de Artes de Berlín, poco tiempo antes de que las fuerzas nazis tomaran el control de Alemania.
En 1933, con una técnica perfeccionada y respaldada por un talento innato, Szpilman llegó a Varsovia para trabajar tocando el piano desde los estudios de la Radio Polaca. Su carrera como intérprete y compositor iba in crecento y todo parecía apuntar a que el músico se consolidaría como uno de los pianistas más relevantes de la escena polaca. Hasta que en septiembre de 1939 llegó la invasión alemana.
Así describió ese último día de trabajo en su biografía: “Toqué ante un micrófono por última vez el 23 de septiembre. Ni siquiera sé cómo llegué a la emisora aquel día. Corría de la entrada de un edificio a la de otro, me ocultaba y volvía a salir corriendo a la calle cuando creía que ya no oía silbar las bombas cerca de mí (…). En ese, mi último día en la radio, estaba dando un recital de Chopin. Fue la última emisión de música en directo desde Varsovia. Mientras toqué, todo el tiempo estuvieron explotando bombas cerca de la emisora y se incendiaron edificios muy próximos a nosotros”.
Pasó poco tiempo para que el artista fuera trasladado junto a su familia al Gueto de Varsovia, una suerte de barrio donde se relegó a los judíos y que los nazis separaron del resto de la urbe con un muro. Aun así, Szpilman pudo seguir trabajando como músico en algunos cafés y restoranes. Lo que comenzó con algunos ataques raciales se transformó muy pronto en vejaciones públicas como la obligación de que los judíos hicieran reverencias ante los alemanes en las calles y las limitaciones en la liquidez de dinero que podían manejar.
El gueto tenía unas 405 hectáreas de extensión y llegó a concentrar una población aproximada de 445 mil judíos. Ese nivel de hacinamiento hizo que surgieran verdaderas epidemias como el tifus, que según recuerda el músico en sus memorias, tenía una mortalidad de 5 mil personas al mes.
Todo terminó de derrumbarse para el artista cuando en agosto de 1942 fue llevado junto a su familia al Umschlagplatz, una estación donde los nazis embarcaban grandes cantidades de judíos para llevarlos hacia campos de exterminio, y así, “solucionar” el problema de la sobrepoblación dentro del gueto. Cuando esperaba en uno de los vagones, un pariente lejano que formaba parte de la policía local que trabajaba junto a los alemanes lo reconoció entre la masa. Lo tomó del cuello y lo tiró hacia atrás del cordón policial. Le dijo: “¿Qué demonios estás haciendo? ¡Vete, sálvate!”. El resto es historia, reflejada con bastante fidelidad a través del guion de El pianista.
En 1945, luego del triunfo de las tropas soviéticas y con la retirada de los nazis, el artista retomó su trabajo como director musical en la Radio Polaca, puesto que mantuvo hasta 1963. Al volver, la primera pieza que interpretó fue el Nocturno póstumo en do sostenido menor de Chopin -músico polaco que por esos días era censurado por el régimen-, la misma canción que se encontraba tocando cuando el bombardeo alcanzó los estudios de la radioemisora.
Ese mismo año en que los nazis fueron derrotados, Szpilman volcó la experiencia de su supervivencia en una autobiografía, que inicialmente se tituló Muerte de una ciudad. Y a pesar de la relevancia histórica de su testimonio, el librp fue censurado por las autoridades comunistas por mostrar a Wilm Hosenfeld, el soldado alemán que ayudó a que el pianista sobreviviera en los últimos meses de la ocupación, como una buena persona.
El libro fue reimpreso en 1998, cincuenta años después de que el músico las redactara. Se tradujo a varios idiomas y en su versión en español se le adjudicó el título de El pianista del Gueto de Varsovia.
Después de terminar su trabajo en la emisora, fundó el Quinteto de Piano de Varsovia, con el que realizó varias giras en diversos países del mundo durante 15 años. Por esos días compuso múltiples sinfonías y canciones que robustecieron su legado artístico.
Con el pasar de los años, Szpilman y su historia recibieron el reconocimiento de su país. Fue condecorado con la Orden Polonia Restituta, una de las máximas distinciones existentes en aquella nación y que es otorgada por el presidente a personas cuyos logros destaquen en ámbitos como la educación, la ciencia, el deporte, la cultura, el arte, entre otras.
El pianista falleció el 7 de julio del 2000, a los 88 años. En ese entonces, Polanski ya se encontraba trabajando en los primeros lineamientos de su película. Ante la noticia, el director declaró: “Fue la música de Szpilman la que le permitió sobrevivir al Holocausto. Su música será el elemento más importante de la película, cuyo guion está basado en las memorias del compositor”.
Un héroe nazi
Así como el personaje de Władysław Szpilman reconstruía a una persona de carne y hueso, el oficial nazi que en la película lo ayuda a sobrevivir durante los últimos meses también tuvo base en la realidad. Y su historia es bastante más profunda de lo que se alcanza a apreciar en la película.
Wilhelm Hosenfeld fue un sargento del ejército alemán que alcanzó el grado de capitán durante la última etapa de la guerra. Esto, a pesar de que su verdadera vocación estaba lejos de la milicia. De valores cristianos y fuertes tradiciones patriotas, Hosenfeld se formó para ejercer como profesor, la misma ocupación que tenía su padre.
Tuvo su primer acercamiento con la milicia a los 18 años, cuando fue enviado a combatir a Flandes y Rumania durante la primera guerra mundial. Para entonces ya se encontraba cursando sus estudios de pedagogía, los que debió interrumpir para presentarse al pelotón. Durante su enlistamiento fue herido de gravedad dos veces, algo que muy probablemente influyó en su opinión sobre la posición en que quedó la Alemania pos guerra: siempre consideró que la derrota había significado una humillación para su país, especialmente por la forma en que se redactó el polémico Tratado de Versalles.
Terminado el conflicto y de vuelta en su hogar, contrajo matrimonio con Annemarie Krummacher, con quien tuvo cinco hijos. Siguió desarrollando su vocación de maestro y su cercanía con las metodologías del aprendizaje que respetaban las personalidades particulares de los estudiantes. Trabajó como profesor rural y, además, se interesaba por la música, la literatura y el arte.
Sin embargo, y como tantos otros ciudadanos patriotas que sufrieron durante la primera guerra, se vio cautivado ante el discurso proliferado por el partido nacionalista obrero, liderado por Adolf Hitler. Así, terminó enlistándose en las fuerzas parapoliciales de la SA y fue llamado a las filas de la Wehrmacht (las fuerzas armadas unificadas de la Alemania nazi) en agosto de 1939, donde fue enviado a Polonia en septiembre de ese mismo año.
Pero nunca llegó a ser un nazi en todas sus letras. En sus cartas y diarios dejaba ver que, por ejemplo, no compartía el antisemitismo desmedido que caracterizaba a sus compañeros, como tampoco estaba de acuerdo con los métodos de adoctrinamiento que imperaban en las Juventudes Hitlerianas. De igual forma, y como una persona de convicciones católicas, no entendía por qué el régimen prescindía del apoyo de la iglesia.
Cuando Hitler ordenó el ataque a Polonia, el militar escribió: “Ahora, todas las diferencias políticas e ideológicas han de relegarse a un segundo plano. Todos tenemos que ser alemanes y dar la cara por nuestro pueblo”. Fue testigo de las aberraciones cometidas por los soldados y no se mostró indiferente ante ello.
El 16 de junio de 1943 escribió en su diario de vida: “¿Será que el diablo ha tomado forma humana? No lo dudo (…) Nos hemos llenado de una vergüenza inexpugnable, de una maldición imborrable. No merecemos misericordia, todos somos culpables. Me avergüenzo de caminar por la ciudad, cualquier polaco tiene el derecho de escupirnos en la cara”.
Por eso tomó un rumbo diferente al de sus compañeros y decidió ayudar a ciudadanos judíos. Si bien fue el caso más conocido, Szpilman no fue el único polaco que recibió una mano de Hosenfeld en momentos difíciles.
Uno de ellos fue el sacerdote Antoni Cieciora, miembro de la resistencia polaca cuyo nombre figuraba en la lista de hombres buscados por la Gestapo, la policía secreta del régimen. El alemán lo ayudó a conseguir documentos de identificación falsos y le encontró un trabajo.
En marzo de 1944, un grupo de 27 polacos que fueron protegidos por Hosenfeld al ser empleados en la escuela de deportes de la Wehrmacht en Varsovia, firmaron una postal en agradecimiento por su apoyo. El documento iba acompañado de una imagen de la Virgen de Czestochowa, como reconocimiento a las creencias católicas del militar.
Pese a sus constantes gestos de humanidad, su final estuvo lejos de ser misericordioso. En enero de 1945 fue tomado preso por el Ejército Rojo e ingresado en varios centros de detención soviéticos. Durante ese tiempo, él y su esposa intentaron conseguir la clemencia de los rusos recopilando los testimonios de personas que el alemnán ayudó durante el conflicto. Sin embargo, terminó siendo condenado a 25 años de prisión por la corte rusa. Luego de sufrir varios infartos, Wilhelm Hosenfeld murió en Stalingrado el 13 de agosto de 1952 y en calidad de recluso.
La consagración de Adrien Brody
Todo comenzó con un anuncio publicado en el diario británico The Guardian. En el texto, Polanski señaló que buscaba a un “hombre entre 25 y 30 años, delgado y de aspecto moreno”. Complementaba: “No es necesaria la experiencia interpretativa, pero se requiere que sea sensible vulnerable y carismático”. El breve comunicado convocó a más de mil 400 actores que se presentaron buscando una oportunidad, pero ninguno terminó por convencer al director.
Finalmente, decidió entrevistarse con Adrien Brody, un actor estadounidense de ascendencia polaca y judía por parte de su padre que gozaba de un éxito moderado en el cine, y que cumplía con las características que estaba buscando.
“Un día sonó el teléfono y me informaron que Roman quería reunirse conmigo. Yo filmaba la cinta Affair of the Necklace, en París. Me puse realmente feliz y nos reunimos a tomar café, me habló del proyecto y me mando el guion, después lo invité a una presentación de Harrisons Flowers a la cual llegó con el productor, lo que me pareció muy bueno, y fuimos a tomar una cerveza y hablamos del guion. Me preguntó cuáles serían mis intenciones, hasta qué nivel podría comprometerme con el proyecto y qué tanto sabía de música, entre otras preguntas”, comentó el actor en una entrevista publicada por el sitio S.K Ripstein.
Complementaba Brody: “Fue un largo proceso, pero nunca hice audición y eso de verdad lo aprecié porque sé que vio a mucha gente para el papel, y que originalmente querían un actor europeo; sin embargo, confió en mí. Amo a Roman por esto, me respetó mucho como actor, no me hizo probarle nada como hacen con nosotros los directores”.
Tal como le adelantó Polanski en ese primer encuentro, el papel de Władysław Szpilman requería de un compromiso total por parte del actor que decidiera sumarse al proyecto. Antes de comenzar el rodaje, Brody pesaba cerca de 73 kilos, de los cuales debió perder 14. Así, comenzó una dieta de seis semanas que consistía en consumir dos huevos duros y té verde para el desayuno, una pequeña porción de pollo en el almuerzo y un trozo de pescado o pollo con verduras al vapor durante la cena.
Antes de partir rumbo a Europa, el actor vendió su auto, dejó el departamento donde vivía y terminó su relación amorosa de ese entonces. Despojado de todo lo que lo ataba, emprendió su viaje sólo con dos maletas y un teclado.
También tuvo que aprender a ejecutar el piano en poco tiempo. “Era muy importante para Roman el que yo pudiera realmente tocar el piano, ya que lo usaría en las escenas, no se quería ir directo al corte de mis manos en el instrumento. Quiso antes que nada saber qué tanto me comprometería y dedicaría a este personaje realmente (…) Lo increíble es que todas estas cuestiones técnicas que tuve que llevar a cabo para interpretar a Szpilman,...
Premios y reconocimientos
El filme fue el flamante ganador de la Palma de Oro en aquella versión del festival, representando el comienzo de una serie de distinciones que reafirmaron su importancia histórica: en los Premios César, entregados por la Academia del Cine Francés, se coronó como vencedor en las siete categorías donde fue nominado, que incluían los galardones a Mejor director, Mejor actor para Adrien Brody y Mejor banda sonora; mientras que en los Oscar fue galardonado con estatuillas en las categorías de Mejor director, Mejor actor y Mejor guion adaptado.
Detrás de su éxito hay varias historias que confirman el apotegma de que la realidad supera la ficción y que, en su conjunto, esclarecen las causas detrás de un éxito genuino. Aunque también están presentes las sombras que oscurecen el legado de uno de los cineastas más destacados del mundo, que vivió los estragos del nazismo en carne propia.
Tabla resumen de premios:
| Premio | Categoría | Resultado |
|---|---|---|
| Festival de Cannes | Palma de Oro | Ganador |
| Premios César | Mejor director | Ganador |
| Premios César | Mejor actor | Ganador |
| Premios César | Mejor banda sonora | Ganador |
| Premios Oscar | Mejor director | Ganador |
| Premios Oscar | Mejor actor | Ganador |
| Premios Oscar | Mejor guion adaptado | Ganador |
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