La saga inaugurada por Ridley Scott y revitalizada ahora por Denis Villeneuve sostiene un cuestionamiento filosófico en torno a la esencia existencial de aquello creado a imagen y semejanza de los humanos («la inteligencia de la máquina», se define aquí).
Walter Benjamin y la Reproducción Técnica en el Cine
Walter Benjamin en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica confronta al ser humano y su naturaleza con los objetos, su producción industrial y las nuevas técnicas: el daguerrotipo, la fotografía y el cine, medios que condicionarán la relación del hombre con la reproducción de la imagen, y más adelante el sonido, para culminar en la compleja interacción con mundos virtuales como los sandbox de los videojuegos.
Para Benjamin, el arte entregado a una reproducción mecánica pierde lo que este denomina aura. Noción que Benjamin definió como: “la manifestación irrepetible de una lejanía, por cercana que pueda estar”.
En síntesis, el cuestionamiento que el autor nos arroja es: si estos procesos mecánicos e industriales carecen de aura, aquel tejido que nos conecta con lo espiritual y que marca la unicidad de la obra de arte y la conexión con un tiempo y espacio, también carece de autonomía, por tanto, pueden ser dirigidos y utilizados para el control de las masas, su adoctrinamiento, el falseamiento de lo que consideramos verdad y una estetización de los hechos y el devenir, a favor de una ideología que se impone como dogma.
De la cita de Benjamin se desprende, como la situación del cine frente al teatro es paradigmática, pues en el cine, el desempeño artístico del actor se libra ante un sistema de aparatos, máquinas y sin embargo, lo que se procura es representar fielmente la realidad.
Benjamin lo señala muy bien destacando las lúcidas y tempranas observaciones de Pirandello, quien indicó: “El intérprete de cine se siente como en el exilio. Exiliado no solamente de la escena sino incluso de su propia persona. Percibe con oscuro desconcierto el vacío inexplicable que aparece por el hecho de que su cuerpo se convierte en una ausencia, se desvanece y es privado de su realidad, de su vida, de su voz y de los ruidos que hace al moverse, para convertirse en una imagen muda que tiembla un instante sobre la pantalla para desaparecer inmediatamente en el silencio”.
El Exilio del Actor y la Pantalla Verde
Esta observación me lleva a pensar en dos momentos recientes del cine. Las precuelas de Star Wars, cintas que perfeccionaron en los ’70 y ’80 el marketing de productos derivados del filme, e iniciaron en el cruce de siglos con La amenaza fantasma, la fiebre de la pantalla verde y el uso indiscriminado de CGI colocando a los actores en una condición extrema de lo que Pirandello denomina exilio.
Revelador es el material de las filmaciones en que vemos a los actores saltando y haciendo muecas en el vacío, encerrados en un hangar corriendo y procurando imaginar que tienen al frente un desierto espacial, van montados en una criatura fantástica o están a bordo de una nave. La actitud de George Lucas al ponderar los progresos técnicos en efectos y sonido, por encima de la labor de los actores, resulta desoladora.
Benjamin señala: “Observadores calificados han reconocido hace tiempo que, en la representación fílmica los mejores resultados se alcanzan casi siempre mientras menor es la ‘actuación’ que hay en ellos […] Arnheim, en 1932, ve el último desarrollo de esto en el hecho de que el actor es tratado como un elemento de utilería que se selecciona según sus aptitudes y que […] se introduce en el lugar adecuado”.
Actores Digitales y Resurrección Cinematográfica
A propósito de esta cita quiero referirme al segundo momento del cine al que hice mención y que también es una situación extrema de la interacción de actores reales con seres inertes, programados con animación computacional y no me refiero precisamente al cruce que ocurre en una cinta como Who frame Roger Rabbit? en donde la historia demanda ese cruce de mundos entre lo animado y los personajes de carne y hueso, sino a situaciones en que los actores y su imagen, asociada poderosamente con la franquicia o con un capital simbólico prestigioso, han fallecido, o se busca filmar una escena que requiera una versión joven del actor.
Cuando Brandon Lee murió por un trágico accidente en el set de The Crow, escenas se completaron con dobles y con el uso de material descartado en el montaje, aplicando a esto trabajo digital para trasladar la silueta del actor a otros fondos y ubicarlo en los escenarios del filme y así terminar la cinta.
Esta situación se ha llevado a niveles, que en otro momento de la historia podrían haber parecido ridículos. En la cinta Rogue One de Star Wars, estrenada el 2016, se utilizó una versión totalmente digital del actor Peter Cushing fallecido en el ’94, lo mismo para una versión rejuvenecida de la actriz Carrie Fisher, quien interpretase a la Princesa Leia hace más de cuarenta años.
Algo similar ocurre en Blade Runner 2049, la doble Loren Peta retocada digitalmente interpreta 35 años después de estrenada la primera cinta, a Rachel, emblemático personaje al cual la actriz Sean Young diese vida. Young asesoró el proceso pero no es ella la que está frente a las cámaras en este breve cameo. Paradójico pues la cinta carga con el peso de ser una historia que tensiona las problemáticas de lo artificial.
Esto prueba que en el futuro, resucitar a un actor, modificar su aspecto o prescindir de este, no es un tema que técnicamente no se pueda conseguir y al parecer la ética tras el uso de la imagen de alguien y su explotación es algo que jurídicamente la industria cinematográfica ha podido sortear.
La imagen publicitaria y el concepto de satisfacción que estos simulacros venden son la máxima prueba de estos fenómenos puestos al servicio de formas de direccionar a las masas y entregar significados prestigiados y con una carga emocional ineludible. Benjamin agrega: «Al entrar el sistema de aparatos en representación del hombre, la auto enajenación humana ha sido aprovechada de una manera extremamente productiva».
La Realidad Virtual y la Promesa de Placer
Valga toda esta introducción para pensar en lo que plantea Blade Runner 2049. La versión de Villeneuve, extrema la atmósfera de asfixia. Los carteles de Atari y de productos alimenticios son inmensos y aplastantes, pero se agrega un nuevo elemento, Joi, imagen holográfica destinada a vender una experiencia de placer privado y alegría virtual. Al usuario se le promete poder acondicionarla con total libertad.
Uno de los elementos más interesantes de Blade Runner 2049 es la relación entre el agente K (Ryan Gosling) y la inteligencia artificial Joi (Ana de Armas), un programa cuyo principal atributo es su belleza y la proyección de un cuerpo destinado a cumplir las fantasías y placer de los usuarios que contratan el servicio con Wallace Corporation, como quien se suscribe a televisión por cable o internet.
Tanto Joi como los replicantes están reificados, al menos son tratados así por la sociedad, programas destinados al placer y esclavos entregados a labores incómodas y peligrosas o rutinarias. Pueden entenderse como copias o falsificaciones de los humanos.
Joi es una de esas inteligencias; una entidad programada con emociones y lógica. Esta inteligencia artificial se nos presenta como un sistema casero, un tipo de holograma que se desplaza con proyectores, a través del hogar del sujeto que contrata el servicio y lo atiende como si fuese una dama de compañía. La cinta da cuenta que el programa es tan complejo que se ajusta a los fetiches del comprador.
Lo particular de Joi es que es un ente sin corporeidad, pero que con un upgrade, una especie de aditamento que complejiza su interfase, algo que trae a colación los title updates de las consolas de nueva generación. Esta inteligencia artificial puede trasladar su memoria a una especie de disco duro flotante, y Joi puede tornarse inalámbrica, y así salir de los límites que le marcan los proyectores anclados al edificio.
En una escena memorable que tiene un hermoso juego de espejos con la escena final de la primera cinta, escena en que Rutger Hauer interpretando al replicante Batty suelta la clásica frase: «Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas bajo la lluvia», Joi sale al balcón del departamento y parece sentir las gotas en su palma y rostro, las que al hacer contacto con su proyección generan un tipo de interferencia.
La Búsqueda de la Humanidad en un Mundo Artificial
Este romance entre dos seres sintéticos, un replicante y un ser virtual extrema la problemática que Philip K Dick planteó en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, material base para las cintas de Ridley Scott. Entidades creadas como esclavos que de pronto se rebelan y luchan por autodeterminarse y por otra parte, un conflicto no menor, los límites entre lo real y el artificio.
La gran pregunta, ¿qué nos hace humanos? y luego otra inmensa interrogante, ¿qué condiciona nuestro valor en el mundo? El origen o nuestros actos que nos redimen y dan cuenta del amor que alguien puede llegar a tener por la vida, por los demás, por aquello que lo rodea y por su memoria, los recuerdos y el deseo por tener un pasado, algo que nos antecede y nos hace parte de aquello mayor, sea que el sujeto que se pregunta esto se trate de una creación de laboratorio, una proyección virtual, una máquina o un ser nacido de un vientre humano.
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