La Virgen de las Mercedes, Obatalá y el Sincretismo Religioso en la Obra de María Zambrano

  • Autor de la entrada:
  • Categoría de la entrada:blog

Nuestro trabajo es un estudio teórico cuyo objetivo es iluminar el rol paradigmático o cardinal de la música al interior de la obra de María Zambrano, proponiendo su solidaridad respecto del estado primordial de consciencia al que ella misma conduce. Si adjetivamos como ‘cardinal’ y no como ‘fundamental’, ‘central’ o ‘axial’ la condición que posee la música al interior de la obra de María Zambrano, es porque no solo aspiramos a señalar una sustancial importancia, sino que, sobre todo, a poner de manifiesto su porqué: la música opera como ‘norte’ del discurso filosófico zambraniano, orientándolo.

En cierta manera, esta afirmación equivale a observar que, para Zambrano, la música es paradigma de comunicación de lo racionalmente incomunicable. Si logra parecerse a la música o, mejor aún, recuperar aunque sea algo de “la música inicial de lo indecible” (Claros del bosque 198), el discurso zambraniano, hacia su madurez, consigue su propósito no de cabalmente decir, ni siquiera de sugerir, sino de hacer sentir lo que de cualquier otro modo resulta incognoscible. Para Isabel Balza se trata de un ejercicio que asume el riesgo de no poder dar cuenta de lo que se quiere enseñar, que es aquello que ha sido “revelado” o, mejor aún -para nosotros-, oído.

La escritura es una apuesta porque en ella será posible recuperar algo de lo innombrable y notar la huella de lo pasivo. Las palabras dadas en la revelación aparecen esbozadas en el texto, lo que se cifra por ejemplo en el uso del punto suspensivo. Lo dado como pasivo no puede transformarse en palabra activa, sino quedar como huella en la escritura. Queda de lo revelado su huella, traspasando la escritura al modo de una cadencia, porque la palabra en la que se cifraría la verdad se constituye como pérdida irremediable. Por ello mismo, el trabajo de escribir consistirá en testimoniar lo entrevisto o percibido en la revelación.

La escritura se alza como recurso que recoge la cadencia y la huella de lo que queda más allá de un posible decir o escribir […]. Esta condición de la música en cuanto modelo del proyecto filosófico zambraniano, empero, es un fenómeno progresivo a lo largo de su desarrollo, aun cuando la prosa de nuestra autora se encuentre impregnada de musicalidad desde sus primeros escritos. Luego, podría decirse que la obra de Zambrano transita hacia su propia musicalidad por el cardus que la misma música paradigmáticamente indica y demarca. Y este tránsito es en el tiempo; una metamorfosis que, iniciándose en el exilio caribeño de la filósofa, alcanzará su expresión concluyente durante los años que pase en el Jura francés: todo un periodo dominado por la composición y la revisión de su obra capital, El hombre y lo divino (cuya primera edición es de 1955, publicándose en 1973 la revisada y aumentada), coronado por la escritura del definitivamente musical Claros del bosque (1977).

La noción de “metamorfosis” la aporta la propia filósofa, valorándola como estado inmanente a la totalidad que lo humano integra, no obstante desatendido e invisibilizado por la construcción histórica -pretendidamente uniforme- de la racionalidad moderna. Sucede entre la luz y el agua, onda que se despierta con un desconocido ritmo de la misma creación dentro, pues de su movimiento incesante y a pesar de tanta ciencia, desconocido. Onda y movimiento que puede quedar invisible para nuestra humana mirada, tan remotamente arrojada -desentrañada- de tantos paraísos, pues que el hombre este que somos quizá pudo no haber tenido necesidad de mirar dentro de alguno de sus perdidos paraísos. Invisible, pues, pudiera quedar aquella onda y movimiento, tan invisible como la creación misma, ya que la creación, ella, no ha tenido por qué seguir el orden único y sucesivo, tal como nos la presentan, a imagen y semejanza de la acción de un hombre de ahora, en su fábrica gigantesca, de la que pueden salir, y han salido, algunos productos. Mas la creación, ella, no es un producto, ni puede dar lugar a ninguna producción. Ella no es productora.

Y así nos quedan algunos nombres de estas visitas y viajes -a los ínferos, al firmamento, y al más allá-: Orfeo y el filósofo de la caverna y otros raptados como Elías por su carro de fuego entrando así en espacios inaccesibles. Elías dejó su manto a su discípulo Eliseo para que pudiese atravesar el río que separa este lugar de lo visible -esta tierra de todos- de aquél ignoto espacio adonde él, Elías, fue arrebatado. Y el viaje de los chamanes, preparado iniciáticamente, es también evidente, así como parecen serlo los viajes de aquellos místicos de todas las religiones -fundadores algunos- que han padecido de éxtasis incontenibles. Y parece evidente que ningún de veras estático lo haya sido por su propia voluntad.

Cuando Zambrano publica Metamorfosis, el 16 de junio de 1985 en Diario 16, se encuentra ya viviendo los últimos años de su vida, de vuelta en su patria tras 45 años de exilio. De lo que en este escrito da cuenta no es una maravilla ajena, sino el proceso que ella misma ha vivido, y el que le interesa que España conozca. Esta ‘metarritmización’ del discurso zambraniano no puede, sin embargo, dejar de relacionarse a una ausencia del todo notable: la filósofa nunca recogió ni dispuso en un libro puntual los escritos que contienen sus reflexiones sobre la música, en contradicción su inmensa relevancia -aquella que hará a Zambrano preguntarse si acaso es el músico, y no el filósofo, el mismísimo “protagonista de la cultura de Occidente” (Notas de un método 99)- con el hecho de no ocupar un apartado específico, salvo escasos y brevísimos artículos.

Se trata, entonces, la de la música, de una presencia que, tras ser hallada, se encuentra diseminada a lo largo de toda la obra zambraniana, al modo de las migas de pan que el Pulgarcito de Perrault esparce para orientarse en el bosque, de regreso a su hogar. La inquietud por un retorno o por una recuperación de lo extraviado, siempre asociada a una queja en contra de las limitaciones de la consciencia, podría rastrearse desde los primeros escritos de la filósofa, en especial Nostalgia de la Tierra (1933), donde acusa: “¡Nostalgia de la más presente, de la que nunca nos falta! La tierra está ahí presente en su permanente cita. Pero la habíamos perdido.

Es, no obstante, comenzado el exilio y derruidas las circunstancias de la que hasta entonces había sido su vida, que Zambrano comienza poco a poco a situarse en la que, años después, afirmará como su “senda”, la que ha de rubricar específicamente como “órfico-pitagórica” (De la Aurora 187), dando cuenta así tanto de su musicalidad como de su vocación recuperativa de lo pasado y perdido. Este iniciático descenso a sus propios ínferos, diríase al rescate de la Eurídice que es su propia alma, Zambrano lo experimentará cabalmente durante sus años de estadía en el Caribe, especialmente en Cuba, donde arriba recién comenzado 1940 y desde donde partirá hacia Roma en junio de 1953. Efectivamente, los textos más relevantes de Zambrano durante este periodo poseen un carácter marcadamente confesional, dando cuenta del profundo autoexamen que su autora lleva a cabo, desde Confesiones de una desterrada (1940) hasta Sentido de la derrota (1953), pasando por Las catacumbas (1943) y la esencial serie de Delirios, encabezada por Delirio de Antígona (1948) y completada por Delirio y destino, escrito en La Habana durante 1952.

Luego, el exilio constituye oportunidad para la inmersión de Zambrano en sus catacumbas internas. Se nos revela, entonces, el sorprendente isomorfismo entre la figura de la Zambrano exiliada y lo que esta, en su exilio, intenta recuperar; aquello que a partir de su propio yo proscrito se proyecta a todo lo que ha sufrido el mismo destino a manos del definitivo poder humano, que es el poder del raciocinio: la poesía, el alma, la piedad, el pitagorismo, la realidad misma respecto del universo meramente definido por la consciencia. Y lo que iba quedándose fuera no eran cosas, sino nada menos que la realidad, la realidad oscura y múltiple. Al reducirse el conocimiento a la razón solamente, se redujo también eso tan sagrado que es el contacto inicial del hombre con la realidad a un modo único: el de la conciencia.

Y, siempre de manera misteriosamente concordante, el exilio, donde Zambrano desarrolla su filosofía de lo exiliado, es iniciáticamente padecido por la filósofa en un contexto necesaria y absolutamente marginal respecto de las capitales de Occidente; es debido a su insular primitivismo que el Caribe resulta decisivo para que la filósofa emprenda su indagación anímico arqueológica, aportando vivencialmente a su descubrimiento de lo sagrado en cuanto objeto de la primordial experiencia humana, aquella que Zambrano tantas veces mencionará como el relegado “sentir originario” (Notas de un método 99). Si lo sagrado es el tiempo de los orígenes, suerte de prehistoria, o historia ancestral, tiempo entonces poético por excelencia, como ella misma precisa en otra ocasión, toda su experiencia cubana y puertorriqueña (pero sobre todo aquella primera, por su relación con la Poesía) son, para María Zambrano, el símbolo carnal, viviente, físico, encarnado, del mundo de lo sagrado.

Por una parte, ciertamente Zambrano se encuentra en Cuba con el medio poético y literario que es urdido alrededor de la revista Orígenes, escenario donde desarrollará amistades y descubrirá proximidades espirituales e intelectuales. Mas, por otra, la filósofa tiene la oportunidad de conocer la singular cultura de las islas, con todo lo premoderno que en ella subsiste, puntualmente una relación viva entre el hombre y lo divino dominada por un politeísmo sincrético afín, como Arcos apunta, “a las religiones y mitos grecolatinos, tan caros a María” (Islas XXIV). Se trata, específicamente el de la isla de Cuba, de un ámbito que Zambrano ensalzará en cuanto “mundo mágico en que la ‘realidad’ no está delimitada, y aún el sueño puede igualar a la vigilia” (Islas 118), el lugar más propicio como para constituirse en “patria inextinguible de la metamorfosis” (Islas 118) y desde donde hacer partir la senda órfico-pitagórica, que se revelará como ruta de regreso a lo primordial.

María Zambrano tiene treinta y seis años, y más de un pasado detrás. Ha estado, está, están los suyos muy cerca de la muerte, demasiado cerca. Ahora enfrente está Cuba […]. Allí, Zambrano se siente arropada, arrullada quizá por vez primera, desde hace mucho tiempo. La fraternidad de Lezama y de las gentes de Orígenes, la magia amable pero profunda de La Habana, de toda Cuba, donde del Caldero de Oggún renacen sin descanso los orishas, las siete potencias del panteón yoruba y bantú, los dioses africanos de las religiones del Monte doblados sin la menor violencia sobre el santoral católico: Obatalá (el dios de la concordia, Nuestra Señora de las Mercedes), Elegguá (el mensajero, el Santo Ángel Guardián), Orunmila (el dueño de la Tabla de Ifá sobre la que pronostican los babalaos, San Francisco de Asís), Changó (El Gran Putas y señor del rayo, Santa Bárbara), Oggún (el dios del hierro y de la guerra, San Pedro), Yemayá (la diosa del mar de los yorubas, la Virgen de la Regla), y Oshún (la coqueta diosa del amor, la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de la Isla de Cuba)…

¿Puede extrañarnos así que, en el seno de este barroco sincretismo, M. Zambrano se encontrara cara a cara con Orfeo, el dios que marcó las cadencias del remo de los Argonautas, el cantor que hechizó a las potencias del infierno para rescatar de sus catacumbas a la ninfa Eurídice? El orfismo-pitagorismo, entonces, se revela, en Zambrano, como solo la reliquia más próxima de lo olvidado, lo perdido y lo arcaico, en cuanto originario. Si la filósofa avanza en su senda intentando recuperar sus elementos clave, es porque el norte hacia el que se orienta su cardus, vislumbrado en el Caribe mágico y religioso, es, en verdad, el más radical ‘antes’ que pueda imaginarse; un ‘antes’ prehistórico en el más estricto sentido de la palabra.

Determina a este ‘antes’ una total ausencia de búsqueda; no hay todavía pérdida alguna que exija reposición. Cuando la haya, será la rememoración o el intento restaurativo de la plenitud quebrantada lo que, para Zambrano, vendrá a caracterizar el inicio de los tiempos históricos. Antes de los tiempos conocidos, antes de que se alzaran las cordilleras de los tiempos históricos, hubo de extenderse un tiempo de plenitud que no daba lugar a la historia. Y si la vida no iba a dar a la historia, la palabra no iría tampoco a dar al lenguaje, a los ríos del lenguaje por fuerza ya diversos y aun divergentes. Antes de que el género humano comenzara su expansión sobre las tierras para luego ir en busca siempre de una tierra prometida, rememoración y reconstitución siempre precaria del lugar de plenitud perdido, las tierras buscadas, soñadas, reveladas como prometidas venían a ser engendradoras de historia, inicios de la cadena de una nueva historia. Antes. Antes, cuando las palabras no se proferían proyectadas desde la oquedad del que las lanza al espacio lleno o vacío de afuera; al exterior.

Quizá esté de más aclarar que este es el de... 1961 fue un año duro para la vida consagrada en Cuba: el gobierno ordenó la expropiación de la Iglesia y la expulsión de sacerdotes, religiosos y religiosas para reducir el catolicismo en la población. Sin embargo, unos cuantos se quedaron y pese a la represión trabajaron para mantener la fe en espera de años mejores. Hasta ese año la congregación tenía siete casas en toda la isla y más de 100 religiosas que se dedicaban a su carisma de visitar y atender enfermos durante las noches y las madrugadas. Sin embargo, ya los comunistas habían expulsado a 130 sacerdotes y un obispo, y el temor de más represalias aumentaba entre fieles y religiosos. En el caso de las Siervas de María, su presencia se redujo a la casa de La Habana.

“A España se fueron de un golpe unas 130. Había también mexicanas y de Puerto Rico” pero “la Iglesia quiso que se quedara un grupo de religiosas. “Hicimos la vida normal, trabajo de asistencia por la noche, los enfermos. “La gente se nos quedaba muchas veces mirándonos. Nos insultaban, por supuesto (porque eran religiosas). Decían ‘¡al campo, al campo! (…) ¡todos a trabajar al campo!’. En este ambiente, las hermanas siguieron luchando por mantener el catolicismo. En ese sentido, Sor Mercedes afirmó que fue este trabajo misionero lo que ayudó a mantener la fe en la isla.

“Con el testimonio de la vida de ellas, de noche tras noche junto a un enfermo, era lo más elocuente que ellas hacían, de servicio, de caridad”. “Entonces -añadió Sor Ana-, te preguntaban de qué iglesia (eran) y qué iglesia les quedaba más cerca, y así poco a poco era la manera como se podía hacer el apostolado”. Pero quienes también ayudaron a cuidar la fe, indicó Sor Mercedes, fueron las abuelas. “Los padres que eran jóvenes no podían porque tenían que trabajar…él (Fidel) destruyó la familia. Dejó a los hijos, mandó a los padres a trabajar lejos.

“La Virgen es lo que nos ha unido. No será una fe pura a la Virgen porque está ligada con santerías y sincretismo, pero María ha sido para nosotras el camino hacia Jesús. Ellos nunca han podido quitar el amor a la Virgen…el amor a la Virgen de la Caridad no lo han podido quitar. Ambas religiosas coincidieron en que las cosas comenzaron a cambiar con la visita de San Juan Pablo II en 1998 y la carta de los obispos cubanos “El amor todo lo espera” -publicada el 8 de septiembre de 1993- “que sembraba el amor en el corazón del cubano, basado en el amor de Dios y de la Virgen de la Caridad”. La carta “hizo mucho bien en el pueblo cubano, ahí empezó el diálogo con la Iglesia. Sor Mercedes destacó que “la vida de la Iglesia ahora es viva. Una Iglesia que quiere salir, como dice el Papa a las periferias, una Iglesia que se mantiene, que tiene la ilusión de evangelizar.

tags:

Deja una respuesta