Las características particulares de este período de gobierno militar entre 1976 y 1983 dejaron un saldo de horror en la memoria de un país que ya lleva varias décadas revisitando los hechos e intentando resolver el debate ideológico que aún continúa. Las consecuencias y las sombras que proyecta este período están vigentes día a día en la sociedad argentina. La búsqueda de una identidad como sociedad y como nación continúa a través de la ya extensa y aún no saldada discusión del significado y las secuelas de la dictadura.
Entre las estrategias represivas de la dictadura militar se encontraba la manipulación del lenguaje y de la opinión pública. En efecto, el régimen militar se caracterizó por su uso orwelliano del lenguaje en el que la construcción de un “enemigo” y una situación de “guerra” eran los principales ejes de un discurso que iba cambiando según fuera necesario para el alcance de sus fines. El blanco principal eran los jóvenes y su ideología.
El rock nacional argentino existía desde los años 60 y ya presentaba particularidades locales. Los músicos de la época se encontraron frente a un adversario y objetivo común: librar batalla contra la censura. Se puede hablar del rock nacional antes y después de la dictadura, ya que los represores militares obtuvieron un efecto inesperado en su plan: en lugar de contenerlo y manipularlo, como era su intención, impulsaron el desarrollo del rock nacional como movimiento de resistencia.
Este resultado se vio aún más beneficiado cuando el General Galtieri durante la Guerra de Malvinas, el mismo día en que fue declarada, el 2 de abril de 1982, dispuso a través de un decreto la prohibición radiofónica y televisiva de música anglosajona o cantada en inglés. A partir de ese momento, el rock nacional cobró un protagonismo sin precedentes en el país y alcanzó un nivel de circulación social y artístico muy movilizador que no decayó con la caída del régimen.
En la primera etapa de la dictadura, la primera “guerra” de la que se hablaba era interna, contra la subversión: el enemigo era el “subversivo” y muchas veces el rockero por su aspecto hippie, que para los militares era sinónimo de marxista. Ya en la segunda etapa, la guerra se desplaza al ámbito externo con motivo del reclamo por la soberanía de las Islas Malvinas/Falklands. En una estrategia oportunista los jóvenes argentinos, incluso los rockeros que antes habían sido perseguidos, fueron convocados a colaborar con el régimen y a apoyar la guerra.
A modo de respuesta, un grupo de productores de rock organizó el Festival de la Solidaridad Latinoamericana, donde, lejos de respaldar la aventura militar en el sur, los músicos presentes -e incluso los que se negaron a participar- manifestaron su claro repudio a la guerra. Algunos, como Charly García, hasta reivindicaron lo que consideraban valioso de los ingleses como artistas y otros, como Raúl Porchetto, nos recordaron que también ellos eran víctimas del gobierno de Margaret Thatcher, como se ejemplificará en breve.
El Proceso de Reorganización Nacional
El nombre elegido por los militares para su plan de gobierno es muy significativo. “Proceso de Reorganización Nacional” implica un plan complejo. En primer lugar, la palabra “proceso” sugiere un planeamiento lento, organizado, en etapas, abarcando diferentes áreas. En segundo lugar, “reorganización” indica que hay un caos que es necesario reordenar, reformar, dar nueva forma. La idea de caos y desorden desestabiliza, lo que da lugar al régimen para que construya su discurso retórico sobre la idea mesiánica de reconstruir la nación. Es precisamente la tercera palabra, “nacional,” la que abarca la totalidad del país en dicho proceso. La idea incluyente del término “nacional” no deja afuera a ninguna institución, ya sea eclesiástica, política, social, independiente o privada, cayendo así en la homogeneización de dicha reorganización. Por lo tanto, el Proceso de Reorganización Nacional indicaba un tiempo lento, con muchos cambios, que abarcaría al total de la nación.
Para asegurar el cumplimiento de sus objetivos -reorganizar y controlar- la censura es el primer paso en este plan. Lejos de contener normativas, la censura presentaba una problemática compleja ya que la censura misma parecía ser aplicada de forma ambigua. La retórica oficial utilizaba metáforas y eufemismos que confundían más de lo que aclaraban.
Según analiza Timothy Wilson (s/f), existe un paralelo “horrible e increíblemente fiel” trazable entre el gobierno descripto en la novela 1984 de George Orwell y la dictadura militar argentina: Las acciones del régimen militar argentino guardaron una relación muy cercana a la ficción distópica de Orwell […] la Junta intentó lograr una reducción orwelliana sobre el lenguaje y la expresión: en una grotesca mímesis de la neo-lengua, quiso obtener el control del pensamiento de los argentinos a través de la limitación del léxico que pudieran tener a su disposición (s/p) (2).
Otro trabajo minucioso e interesantísimo sobre el uso del lenguaje en esta época es A Lexicon of Terror, publicado por Marguerite Feitlowitz en 1998, que incluye un glosario sobre el uso de términos específicos en la retórica del régimen.
Desde un principio, se mostraron ordenados, previsores y firmes en sus decisiones, adoptando una imagen de figura paternal protectora y disciplinante. Esta intervención paternal no consentía ninguna disidencia. El régimen militar imponía su concepción autoritaria en el plano de la cultura, tratando de destruir cualquier vía de resistencia a las políticas impuestas. Esto se llevaba a cabo a través de un gran aparato censor, que Beatriz Sarlo describe de esta manera: “La censura operaba con tres tácticas: el desconocimiento, que engendra el rumor; las medidas ejemplares, que engendran terror; y las medias palabras, que engendran intimidación” (Sarlo 1988, 101).
Según Andrés Avellaneda, para analizar cómo una producción cultural es afectada por el discurso de censura no es suficiente analizar el discurso cultural y el discurso de censura; también es necesario analizar los mecanismos que incluyen o excluyen al productor de cultura, la organización específica del campo que da la palabra o la niega (1985, 186). Antes del año 2000, entre los académicos que estudiaron el caso de la censura en Argentina se destacan Andrés Avellaneda y Reina Roffé (1985), quienes coinciden en que la falta de información era un elemento clave para el éxito de la operación censura. Esta falta de certeza y la ausencia de indicadores precisos, provocaba una represión confusa que llevaba a la autocensura y el terror paranoico de pensar que cualquier cosa podría ser considerada sospechosa o “subversiva.”
Este miedo se vio alimentado por la confiscación de libros con ideas marxistas, la destrucción y quema de miles de libros y las continuas inspecciones a escuelas y bibliotecas públicas, lo que Sarlo identifica como “medidas ejemplares” (101). Pero no solo los militares actuaron como censores. La acción de publicistas, bibliotecarios, libreros, editores y del público en general, todos ellos guiados por el miedo, apoyaron al régimen represivo. Había también organizaciones comunitarias e instituciones no gubernamentales que cooperaban con el régimen en lo que Roffé llama la “paracensura” (1985, 910-915). Estas asociaciones participaban activamente en el control de los medios de comunicación y colaboraban en campañas masivas de publicidad que apoyaban el llamado Proceso de Reorganización Nacional. Luego del año 2000 se empezaron a descubrir archivos ocultos, como por ejemplo los encontrados en el sótano de un viejo banco (Banelco) que clarificaron en parte el misterio que existía en torno al operar del sistema censor.
Efectos inesperados de la censura
Sin embargo, en el caso de Argentina, ocurrió un efecto boomerang ya que los artistas, coartados en su libertad de expresión, encontraron nuevas formas creativas de disentir y evadir la censura. Los vacíos en la literatura, la música, el teatro y la cultura, los claros y los silencios que se destacan, a menudo no hacen más que provocar el efecto contrario al buscado por los censores. Por lo tanto, el efecto inesperado por el régimen militar consistió en que se resaltaba exactamente aquello que se quería evitar. Por otro lado, la conspiración entre el autor y el lector ha creado muy buena literatura (Haugaard 1996, 330). Si el lector sabe que cierto texto ha sido publicado bajo censura es más fácil para el escritor escribir entre líneas y más viable que el lector decodifique el mensaje.
Lo mismo ocurrió con el rock nacional: los músicos comenzaron a codificar sus mensajes disidentes en sus letras de tal manera que no era posible identificar claramente sus canciones como opositoras al régimen. Mientras tanto, la audiencia, consciente de tales limitaciones, intentaba descifrar los mensajes codificados disidentes en las canciones; y a la vez, en los conciertos, los jóvenes compartían un espacio comunitario donde disentir era una expresión solidaria (5). Se podría decir entonces que el sistema represor solo tuvo un éxito provisorio, ya que hubo disidencia, altamente sofisticada y de gran calidad literaria, que, lejos de quedar en la mediocridad a la que se apuntaba, contribuyó no solo al desarrollo de recursos retóricos con contenido político disidente, sino también a enriquecer la cultura nacional con obras de alto valor artístico (Favoretto 2010, 39) (6).
El enemigo interno: Guerra I
El tema de la guerrilla y la presencia de un enemigo común al que era necesario combatir era repetido una y otra vez, acompañado de reproducciones de fotografías de oficiales asesinados y narrativas de enfrentamientos armados. El mensaje era impartido a través de las palabras y de imágenes visuales.
La Junta Militar enfatizaba que la Nación Argentina estaba en una situación de guerra, por la cual las fuerzas armadas gozaban del derecho constitucional de defender al país contra el asalto a su soberanía. El lenguaje metafórico utilizado en la retórica oficial fue ampliamente aceptado y diferentes grupos de la población sintieron este llamado a colaborar con el proceso de “sanación” de la nación.
Este crecimiento acelerado tuvo una relación directa con el accionar de la censura y el discurso militar que se basaba en la lucha contra un supuesto “enemigo”. Lo interesante radica en que el primer enemigo creado por la junta militar era el “joven”, que por su adicción al rock -se decía- se convertiría en subversivo, por lo cual el rock fue perseguido por la censura. Sin embargo, al declarar la guerra contra Inglaterra en 1982, surgió otro enemigo.
El régimen entendió que necesitaba el apoyo de los jóvenes, por lo que de ser enemigos pasaron a ser convocados a colaborar con el régimen cediéndoseles espacios públicos para persuadir a la población, a través de su música, a apoyar la guerra. Si bien el régimen parecía tener claro que la música cumplía una función social y política importante, no contó con que, lejos de apoyar la guerra y el discurso épico de los militares, el rock nacional usaría ese mismo escenario para resistir, disentir y expresar su solidaridad con los rockeros y ciudadanos ingleses.
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