El esqueleto humano adulto está conformado por aproximadamente 204 a 206 huesos, explicado por la presencia de huesos supernumerarios que constituyen variación anatómica. En el esqueleto humano se describe una parte axial y otra apendicular.
La primera comprende la cabeza ósea -incluyendo cráneo y huesos de la cara-, columna vertebral -en sus porciones cervical, torácica, lumbar, sacra y coccígea, huesos del tórax -esternón, costillas y cartílagos costales- y finalmente, el hueso hioides. Corresponde al esqueleto de los segmentos corporales de cabeza, cuello y tronco. El esqueleto apendicular, por otro lado, corresponde al esqueleto de los miembros superiores e inferiores.
Según la forma que adoptan los huesos, se distinguen los siguientes tipos: largos, breves o cortos, planos o anchos e irregulares.
Los huesos largos se caracterizan por el predominio del eje longitudinal respecto de los otros dos ejes. Por su forma, se reconocen en ellos una porción central denominada diáfisis o cuerpo y dos extremos denominados epífisis. Las epífisis se caracterizan por presentar distintas formas y corresponden a las porciones de los huesos que articulan con otro hueso adyacente. En el hueso adulto, epífisis y diáfisis se encuentran unidas formando una unidad.
La zona intermedia que las une se denomina metáfisis y representa la osificación que experimenta el cartílago hialino que permite su crecimiento en edades previas. La diáfisis de los huesos largos presenta una gruesa formación de hueso compacto conocida como cortical y ausencia de tejido esponjoso.
La estructura ósea se haya revestida por una cubierta de tejido conectivo denso a manera de vaina denominado periostio, que se interrumpe y suspende sólo al llegar a los márgenes de las superficies articulares a las cuáles respeta. Este componente fibroso del hueso se adhiere íntimamente al tejido compacto y es el tejido que aporta la circulación sanguínea y la inervación del órgano.
Los huesos breves o cortos se caracterizan porque presentan un equilibrio entre las tres dimensiones sin predominio de ninguna de ellas y por tanto ofrecen un aspecto poliédrico y macizo. Este tipo de hueso está conformado casi en su totalidad por tejido esponjoso recubierto por una muy delgada lámina de tejido compacto, de manera que su aspecto macizo contrasta con su peso liviano. Suelen presentar numerosas y amplias superficies o carillas articulares, revestidas por una cutícula de cartílago hialino de superficie, dejando entre ellas superficies variables de hueso recubiertas por periostio.
Los huesos de tipo planos o anchos, tal como lo indica su denominación, tienen aspecto aplanado, con predominio de dos dimensiones, largo y ancho, respecto a una tercera, espesor. Están constituidos también por hueso compacto y esponjoso en proporciones variables. Su localización más característica es en el cráneo, donde conforman la calvaria (bóveda o calota), estructura ósea a manera de cúpula que limita la cavidad que contiene el encéfalo. Además, se los encuentra en el esqueleto del tórax, correspondiendo a las costillas y esternón. Estos últimos, aún cuando son huesos de aspecto alargado, carecen de canal medular; su espesor está representado por hueso esponjoso y médula ósea, cubiertos por una lámina de grosor variable.
Los huesos de la calvaria constituyen verdaderas tablas óseas de forma rectangular. Presentan superficies amplias y relativamente lisas, con caras externas (exocraneales) e internas (endocraneales), constituidas por tejido compacto, denominadas láminas externa e interna respectivamente. Intermedio entre ambas láminas se ubica tejido esponjoso, que en estos huesos del cráneo tienen un comportamiento más trabecular y vascular que el común del tejido esponjoso y se denomina diploe. Ambas caras óseas están revestidas por periostio, siendo el periostio propiamente tal el que cubre la cara externa, en cambio, la hoja periostal de la cara interna corresponde a duramadre que se adhiere firmemente en dicha superficie y remeda el periostio propiamente tal. Debido a la amplia superficie que presentan, estos huesos se originan a partir de varios centros de osificación mediante un proceso de osificación directa o fibrosa.
Los huesos neumáticos tienen en su estructura formaciones huecas destinadas a la circulación del aire que ingresa por la cavidad nasal. Estos huesos sólo se ubican en la cabeza y se relacionan directamente con la vía aérea en su mayoría y con el oído medio. Estas cavidades aéreas tienen diferente configuración, razón por la cual reciben distintas denominaciones como seno, antro, celdas y celdillas. Las cavidades que se relacionan con la cavidad nasal están tapizadas por mucosa respiratoria y la que se relaciona con el oído se tapiza por la mucosa que reviste la cavidad timpánica. Por tanto, estas formaciones aéreas no contienen trabéculas, médula ósea, periostio ni endostio.
Los huesos accesorios, variedad de hueso supernumerario, son variaciones anatómicas que expresan la separación de un centro de osificación normal del conjunto de centros que originarán un hueso, de tal manera que, dicho centro se independiza y crece a manera de un hueso individual. Se presentan preferentemente a nivel del cráneo, siendo especialmente frecuentes respecto al hueso occipital.
Los huesos sesamoídeos son huesos breves o cortos cuya característica es que se originan mediante un centro de osificación que aparece en el espesor de un tendón o ligamento que lo incluyen. Su presencia radica en una adaptación funcional que busca proteger al tendón o ligamento de roce permanente o excesivo. El más característico, de mayor tamaño y constante en su presentación corresponde a la patela, relacionada con el tendón patelar del músculo cuadriceps del miembro inferior. También son constantes, aunque pueden ocasionalmente estar ausentes, pequeños huesos sesamoídeos ubicados en relación a tendones que transcurren por los dedos pulgar del miembro superior y hallux del miembro inferior.
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